miércoles 3 de junio de 2009

Cuidado con lo que deseas...

Hubo una vez un gran país… donde las oportunidades para cualquiera que tuviera iniciativa y un poco de capital, estaban a flor de tierra. Un país donde el progreso era la constante, donde los ciudadanos gozaban del bienestar que el gobierno otorgaba aplicando la ley letra por letra, con la seguridad pública como prioridad. Un país donde la alta cultura y el refinamiento eran artículos de primera necesidad. Donde el respeto a los bienes y la propiedad privada se daba conforme al estado de derecho. Un país donde los problemas laborales eran prácticamente inexistentes. Donde las opiniones divergentes eran cosa de personajillos hostiles y dementes…


Un país donde puntualmente, cada 4 años, se organizaban elecciones democráticas y el voto en las urnas elegía quien gobernaba. País donde la alternancia era deseada y celebrada. Un país respetado, apoyado y celebrado por la comunidad internacional…


Un país donde todos los relojes funcionaban al unísono… hasta que un día, de repente... todas las manecillas dejaron de avanzar...


En ese país, aquella época dorada es recordada con el nombre de su arquitecto… aquellos tiempos se conocen como el Porfiriato.

jueves 9 de abril de 2009

Bocanadas

Y la combustión interna rompe la inercia de los órganos, también internos, produciendo una sensación de algo que podría definirse como vértigo “horizontal”. Y el viento que entra por la ventanilla desgarra, potente, los azarosos pensamientos que brotan de la frente y se desmenuzan por la turbulencia, dispersándose a lo largo del pasillo. Ese viento que chorrea por la ventana, relamiendo el rostro y disipando la sensación de ahogo; atemperando las miles de centellas que se proyectan detrás de los parpados, los cuales, al cubrir las pupilas ionizadas, reaccionan creando aquellas estridentes auroras. Tratas de descifrar las letras. Las desgranas con la mirada y son arrancadas violentamente por el torbellino que las agita y sacude hasta sacarlas por la ventana; escuchas una risotada y al levantar la cabeza y tratar de ubicar su origen, te sorprendes a ti mismo y te das cuenta de que es tuya. Percibes como se queda suspendida en el aire, para luego, agitarse, caer en el estribo e inevitablemente, desparramarse en el asfalto hirviente donde se derrite y evaporará fugazmente, dejando una mancha imperceptible.

Atosigas el paisaje. Una extraña tristeza se acumula en las agostadas calles que igual desgranas con las retinas; miradas que se van acumulando por arriba del paladar, detrás de los ojos. Tan pronto se aglomeran, se van consumiendo, raudas: como un cigarrillo al que se le da una frenética y profunda calada para llenar los pulmones a tope; cae la ceniza completa; profundo e interminable; vértigo perpendicular al cenit. Miras las calles, las banquetas para ser preciso. Recuerdas, con toda la disposición de soñar y reconstruir aquella banqueta embadurnada por la luz de una tarde de otoño de hace cientos de años, donde las risas fáciles surgían de todas las grietas del asfalto… y el mundo… y la ciudad… o para ser precisos, aquella ciudad que era el mundo. Aquel mundo, el que seguía sin develarse y donde cada calle se acumulaba virgen en los recuerdos, inadvertidamente, sin los inconvenientes de tener que pasar por un lugar y tener que espantar a las exasperantes moscas de la memoria que zumban alrededor de aquellos despojos: recuerdos añejos y agridulces, cochambrosos y dulzones, que escurren por los muros y sin querer siempre remueves, y se pegan, o para ser más precisos, saltan y te abordan: como caminar entre un pastizal recién llovido, donde cada paso dispara al vació a docenas de chapulines que saltan en todas direcciones, se pegan a la ropa… así de exasperantemente indefinible: chapulines centelleantes, iridiscentes, que saltan, inesperados, precipitándose hacia todos lados, pero no llegan a tocar suelo, ya que se disuelven con una reverberación metálica que se acumula y confunde con la luz de la cinco de la tarde, y se te pegan y se funden en la piel de las manos, de los brazos y la cara, y que es inútil tratar de limpiar, porque sólo se logra extender una delgada película que se cristaliza inmediatamente, y ya seca, comienza a desprenderse en escamas que se trasforman en cenizas al tocar el piso: También serán arrebatadas por la corriente de aire frió.

Te arrebujas y sigues pensando: en aquellos años y en aquella cara y en aquellos ojos, en aquella sonrisa… y en los amigos ahora anónimos, y en los libros (en el olor de los libros que nunca has vuelto a percibir. Aquel tufo que se sentía con fuerza tan sólo en las tardes de lluvia en la biblioteca). Te envuelves en esa secuencia. Recuerdas: noche de otoño. Llegaste a aquella atestada fiesta, buscando aquella dulce y brillante sonrisa; pero arribaste tarde por no resistir otra invitación, razón por lo cual tu equipaje sensorial incluía dos caguamas completas; pero llegaste… y buscaste. La encontraste: acomodada en un sillón rojo. Envuelta por la música reverberante, extraña: melodía hipnotizante exacerbada por el humo y la media luz que mezcladas formaban una atmósfera casi hirviente: Encontraste su sonrisa, la cual, se extendía y plegaba, a base de ligamentos y músculos, curvas y tendones, ojos y suave, suave piel, formando la estructura que se acoplaba, elegante, en aquel sillón carmesí que flotaba en medio del charco de bruma caliente que terminaba por enturbiar tu ya de por si fundida percepción. Se levantó, te vio y te abrazó: calido y largo beso: suave, suave y húmeda piel. Te recriminó tiernamente: dulce, dulce piel entre la niebla rojiza…

Pero aquel archipiélago de humo pronto se disipó por obra de una cuchilla de luz amarillenta blandida por el dueño de la casa, cuya tolerancia se había agotado más rápido que el porro de mota que pasaba de mano en mano, de boca en boca, de alveolo en alveolo, orbitando entre la desorbitada concurrencia: y a la velocidad del pensamiento ya estábamos en medio de la oscura calle riendo en multitud, con ojos rojos y maneras animosas; escandalizando por la ausencia alcohol que habíamos provocado; carcajeándonos de aquella o aquel, que con la barbilla pegada al pecho, pendía lánguido del hombro de su mejor amigo y no atinaba a dar un paso sin tambalear las miradas de los espectadores. La música cesó. El frió se asentó sobre nuestras delgadas playeras de colores, filtrándose a través del cortavientos rojos y la tela de jerga gris; perforando el nailon, la mezclilla y la embriaguez: Y te fuiste, alargando suavemente la despedida, mientras sentía el calor de tu suave piel, ya sin el sillón rojo… despedida que se tensaba entre mis labios que te besaban, y los de tu amiga que profería, desde lejos, injurias por miedo a perder el último camión a su casa… y te llevaron… insoportables chaperones que se despedían con movimientos de barbilla, sin mirar a los ojos, sin apretar la mano: Y te fuiste, te consumiste tranquila. Y me fui: Caminando por la fría avenida respirando profundo, forzando el diafragma, hasta el tope, sintiendo que el alcohol se evaporaba en cada bocanada, disipando la bruma, pausando los pasos para percibir las debilísimas reminiscencias de tu olor en mi rostro …

El ocaso se apretuja ronroneante en la ventana. Me levanto y desciendo de un saltito, sintiendo el aire frió en la cara. Miro la ancha avenida que se recorta contra un cielo verde-violeta: en algún lugar, de alguna manera, volveré, volveremos, volverá… todos volverán… nostalgia crepuscular, me digo.

Una profunda bocanada de aire, la bruma se disipa de mi frente, una calidez me cubre el tórax. Me recrimino: no me vuelvo a subir tan pedo en un micro de esta ruta…

jueves 19 de marzo de 2009

Musas y Chescos

Por más que intenté hacer pasar un poema por la ranura para billetes de la máquina expendedora de refrescos, el taimado artefacto lo regurgitaba cruelmente. ¡Fue la puntilla! Necesitaba refrescarme. Tenía la garganta irritada después de tratar de razonar por tres cuartos de hora con la burócrata de ojos de pescado muerto, que atendía el stand cuyo letrero de cartón de caja de huevo y marcador de aceite poseía la leyenda “Quejas y Altas”.


Lo que parecía ser un asunto de fácil solución, se extendió tediosamente a causa de la tozudez de la funcionaria para con mis argumentos. La cuestión se centraba en qué, a pesar de que nada me haría más dichoso que saldar la deuda con el departamento de luz y fuerza, mi estilo de vida no me permitía hacerlo de la manera “ortodoxa”; sin embargo, eso no significaba que deseaba desembarazarme del compromiso, en tanto que estaba dispuesto a plantear una alternativa para poder liquidar la cuenta:


“¡Puedo escribir una obra de teatro experimental basado en hechos cotidianos de su vida!!!” Le ofrecí a la servidora pública; al oir esto, me miró fijamente (como sólo son capaces de mirar los ojos vidriosos), suspiró levemente y me explicó:


“Mire joven, se lo vuelvo a repetir: En primera, la caja solamente recibe efectivo, por lo cual, aunque usted traiga el guión, monte la escenografía a lado del garrafón aquel, y haga que el poli de la puerta sea su actor de reparto, la caja no le va a marcar como bueno su pago; en segunda, si yo le recibiera ese pago, después, toda la gente de la fila va a querer pagarme de forma similar… y este trabajo ya es suficientemente malo, como para tener que soportar las deficiencias narrativas, estructurales y formales, de una bola de poetastros de tinterillo que no atinan a dar cohesión técnica a su obra; y en tercera y más importante, aquí donde me ve de pinchi burócrata, soy dramaturga y directora (razón de más pa no darle viada…si yo sufro, también usted) y siendo franca, el nuevo teatro experimental, con todos sus foquitos y sus metros y metros de gasa pintada con batik, se me hace una evidente mamada… así que o paga, o va a haciéndose a un ladito para que siga avanzando la cola.”


Intenté persuadirla de que carecía de dinero, debido a que en mi último trabajo, al intentar hacer el inventario de bodega, sólo atiné a redactar un superpoema futurista de 82 cuartillas (era empleado de una tienda de electrodomésticos). Bien es cierto que algunos de los versos largos tenían un excesivo regusto a Maiakovski, pero como le dije al patrón:

“Yo he escrito todo esto para vosotros/pobres ratas. /Pero yo no tengo pechos/
con los que poder amamantaros como una buena nodriza”
. El supervisor se limitó a echarme una mirada glaciar y a decir entre dientes: “Después de Catulo no hay nada... ojete.”. Para el siguiente fin de semana me dieron mi finiquito.


A pesar de mi triste historia, la funcionaria no se conmovió. Me echó una última mirada y sólo atinó a decir “compermisito que hay cola; si alguien quiere pagar con otra cosa que no sea efectivo, salga de la fila”. La cola se redujo a menos de la mitad.



En fin, la puta máquina no aflojó el refresco… no la culpo: últimamente nadie afloja nada que no sean consejos huecos, arengas edificantes, sermones soporíferos o furibundos reclamos.


Cuando estaba a punto de levantarme e irme a mi departamento, que para esa hora estaría sumido en las tinieblas más densas, mi musa se materializo sentada a mi lado en aquellas incomodas sillitas de fibra de vidrio; puso su mano en mi oído y acercando sus labios, dijo: “Tienes potencial, el arte te necesita”.


“¡Dame un cinco o chinga a tu madre!” contesté airado mientras me levantaba de mi asiento. Era evidente: La muy cabrona quería talonearme mi refresco…

miércoles 25 de febrero de 2009

Nuestros Derechos de Autor valen más que tus Derechos Humanos...