domingo, 15 de febrero de 2009

Huehuetéotl Holográfico

Demasiado pronto. Idea que queda reverberando en nuestros cráneos al enterarnos de la prematura muerte de Jorge Reyes. (Arrogantemente intempestiva, ocasionando que la conocida lección del Maestro Matus para con su incompetente pupilo, se verifique con agobiante precisión: “Siempre a la izquierda, siempre vigilando, inesperada.”)

Y cuando la reverberación se aplaca: el silencio: el vacío. Insalvable. Imposible de desplazar, porque si de algo puede hacerse panegírico, es la capacidad que tuvo Reyes para convertirse en un mito. Infinidad de aspectos se pueden enumerar de su obra, pero hay dos facetas que se presentan muy nítidas a la hora de evocar su recuerdo y lamentar la pérdida.

La primera: La de Pionero.
La imagen del tipo que se presentó e hizo vibrar el aire con sonidos que nunca antes se habían creado en este país, teniendo como protagonistas instrumentos nunca antes vistos (al menos nunca vistos fuera del laboratorio de algún audaz conservatorio). Aspectos que toman dimensiones de leyenda al considerar el monotemático contexto musical del México de los años ochenta. ¡Casi como enviado de otro mundo!: Sintes y secuenciadores escupiendo ruidos saturados de delays y reverbs, en un momento donde el “rock” parecía la única ruta. Experimentación sonora sin complacencias, en los anodinos tiempos del “rock en tu idioma”. Eso es lo que dota de un halo heroico su obra.

Como semilla en el páramo. Una flor amarilla en el desierto.

Jorge Reyes coincide con la imagen de profeta heráldico; aquel que trajo la flama de lo desconocido para obsequiarla a los ofuscados salvajes y así hallar las nuevas sendas. Huehuetéotl holográfico, elevando el chispeante e hipnótico brasero de plasma, anunciando que más allá de los muros de lo conocido se hallaban nuevos e inimaginables ruidos, jamás escuchados, en espera de ser encontrados; y que había que salir a buscarlos, olvidándonos del miedo, correr descalzos en medio de la madrugada, cruzar las tinieblas a través del valle hasta lograr toparlos de frente y luego… “el poder dirá”.

Nunca nos sentiremos perdidos, siempre y cuando recordemos la búsqueda.


La segunda faceta: La de heredero lúcido.
El visionario que encontró en las propias raíces, en el contexto propio, la materia prima para crear una obra original. Rechazando la emulación. Haciendo de su herencia cultural la poderosa columna vertebral (y no solamente una simple escenografía) que da cohesión y llena de significado al arte; aspiración difícil de alcanzar en una época en que todo se derrumba sobre los tristes y raquíticos cimientos de la trivialidad.

Nos enseñó que hacer uso de nuestro bagaje cultural no sólo es válido, sino valioso y digno; y que además, con ello se adquiere una poderosa arma para conjurar la amnesia que parece cubrirlo todo (aquella que es urgente detener, o de lo contrario, estupidez y olvido terminarán jugando arrancones en La Calzada de los Muertos y parkeando la hummer en La Casa de las Águilas).

¡Carajo! Ese era Jorge Reyes: aquel fantástico ser que inundaba de ruido y feedback el cráter del Espacio Escultórico; aquel que temerariamente convocaba a los muertos en medio del Zócalo, haciendo rebotar sus aullidos en el atávico tezontle de Catedral y Templo Mayor(dotando de nueva voz a las sagradas y sanguíneas piedras); aquel de los paisajes sonoros y los hipnóticos radio-artes que surcaban la noche a través del aire y se estrellaban chisporroteando ecos en nuestros viejos radios sintonizados en am.

Esas son algunas de las cosas que perdimos con su muerte.

(—¿Y cómo se hace el muestreo? —

—Con un equipo de microfonía especial, luego mando todo a un laboratorio en Alemania y allá lo montan—

—Órale… no, pues gracias, estuvo muy chido, hasta luego—

—Gracias a ti. Hasta luego—


Único dialogo que sostuve con Jorge Reyes. Tuvo lugar en el FARO de oriente. (Aquella vez mantuvo a los asistentes en completa oscuridad, escuchando uno de sus radioartes). Mientras abandonaba la sala, lamenté que el buen S´glhuo no hubiese asistido para aprovechar la oportunidad de regalarle un demo y así tener pretexto para tener una conversación menos pinche… “Otra vez será”, me auto consolé.)

“Siempre a la izquierda…”

Lección muy costosa ¡Carajo!

Demasiado… demasiado pronto.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Excelente! A continuar trazando la ruta marcada.